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Mi maestra Blanca

Recuerdo a mi maestra Blanca que me ayudó a aprender a leer. Creo que fue una de mis profesoras favoritas. Nunca me demostró que fuera la educadora más inteligente pero si la más comprometida en que yo aprendiera. No era la que tenía la mayor cantidad de títulos académicos pero si un dominio de conocimientos específicos y establecía una relación conmigo y con el resto del grupo más personal y siempre demostraba su amor por el contenido académico.

Otra cosa que caracterizaba a mi maestra era lo que ahora denomino como, el encuentro con el otro, donde propiciaba que los educandos se hicieran responsables de su educación. Blanca siempre nos proponía un contrato de disciplina con acuerdos esenciales. Aquí colaborábamos con ella, en ocasiones debajo de una palma real. Ella incorporaba oportunidades para que los estudiantes identificaran los propósitos de aprendizaje, guiaba las discusiones y presentaba los hallazgos. Siempre he pensado que cuando los maestros facilitan y asesoran, los estudiantes se sienten respetados y comprendidos. El tono de la comunicación se caracterizaba por crear espacios cálidos y creativos. La empatía y la calidez ocupaban un lugar destacado en la lista de Blanca, y por una buena razón. Si eres frío y distante hacia los estudiantes, esa muralla puede evitar que la clase logre un flujo sinérgico de diálogo y productividad académica.

Blanca tenía una manera especial para inspirar el amor por el aprendizaje. Ella presentaba cada lección como si fuera lo más genial y su espíritu se volvía contagioso. Tenía una frase que me gustaba mucho: disciplina y respeto es amor al alumno. Ella respetaba mucho la dignidad de cada estudiante. Creo que cuando desarrollas una relación con los estudiantes que respeta sus orígenes y necesidades individuales, nada puede detenerte para generar aprendizajes significativos.

Algo que me gustaba mucho de mi maestra Blanca es que cuando llegábamos a la escuela nos saludaba a todos con una sonrisa y nos preguntaba cómo estábamos o participaba de manera significativa en nuestras conversaciones a la entrada, a la salida o en los recesos. Otra cosa que me agradaba que hacía, era realizar llamadas telefónicas positivas a las casas de sus educandos y reconocer al azar su buen trabajo.

Para mi maestra, ningún estudiante era malo. Ella siempre veía lo bueno en lo íntimo de la mirada de aquel que tiraba una pedrada o del que diferente pensara. También de aquella que siempre estaba ausente pero que se preocupaba por cuidar la bandera que se encontraba en la mitad el patio de la escuela o de nuestro amigo Pedro que compartía su naranja con quien no tenía merienda.

Si cantábamos al salir de paseo, su voz era la que más alto se escuchaba, una voz libre y alegre como al águila de nuestra bandera. Cuando faltaba un alumno era la que más lo extrañaba.

Hoy a los alumnos del CEPAC, durante el receso, les conté de mi maestra Blanca. La cual veo reflejada en nuestro equipo de docentes. Los invito a pensar en sus días en la escuela y recordar a los educadores que más amaron por ser abiertos, genuinos y honestos. No olviden conversar con sus hijos sobre aquellas maestras y maestros que dejaron una huella emocional e intelectual en ustedes.

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